martes, 6 de julio de 2010
Silencio, se rueda.
Salgo del coche. Ojos por doquier acechando, acecho. Ando por la calle de los muertos vivientes. El calor derrite las farolas, las calles se vuelven chiclosas. He llegado demasiado pronto, necesito un refugio. Me adentro en un bar de asilados. Un café solo cambia algo mi percepción de las cosas, aunque no puedo evitar sentirme insegura. Dos muertos vivientes hacen su aparición por separado en nuestro escondite. Uno quiere agua. Otro, entra y sale. Debe estar buscando a alguien. Conversaciones nimias y ordinarias. Compañerismo. Miedo. Es la hora. Me encantaría correr hasta el portal de enfrente. Diez metros de locura entre Los Dos Arcos y el trabajo. Me despido y, con paso firme, llego hasta el telefonillo. -Hola, vengo a dar clase.
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